¿Andamos los hombres con el arma entre las piernas?, ¿Somos todos los hombres potenciales abusadores o violadores?, ¿Poseemos una naturaleza sexual agresiva, monstruosa?

La lacra social de la violencia machista y la desigualdad entre mujeres y hombres ocupa un lugar cada vez más relevante entre las preocupaciones sociales, al menos si nos atenemos a lo que se está diciendo en los medios de comunicación, lo que circula por las redes y lo que se está discutiendo en esa entelequia que denominamos la opinión pública. Nos equivocaríamos si creyésemos que por estar estos temas actualmente en el candelero se aproximan cambios o transformaciones en lo sustancial, más bien deberíamos desconfiar de la velocidad con la que unas noticias reemplazan a otras y con la falta de matices y reflexión que caracterizan a muchas de las “campañas de concientización” o a los mecanismos que se ponen en marcha con los linchamientos mediáticos.

Me consta que es muy complicado mantener el equilibrio entre el análisis de la actualidad, la intervención inmediata en los asuntos y la reflexión un poco más profunda, pero aspiro a que el exceso de dramáticas novedades no sepulte lo importante: la conciencia de qué tareas tenemos pendientes. En primer lugar, los hombres con nosotros mismos, en segundo lugar, con respecto a nuestras formas de relacionarnos con los demás y en particular con las mujeres.

Todo pasa con excesiva rapidez y mientras estamos digiriendo el impacto que produce saber que una chica ha sido violada por cinco energúmenos, aparecen nuevas revelaciones de actrices de Hollywood que se vieron sometidas a los apetitos sexuales desbocados de un productor de cine. Sin pausa, seguimos registrando incontables actos de violencia, algunos enormes, atroces. Una mujer mayor es asesinada por su marido después de cuarenta y cinco años de casados, una más joven recibe una paliza brutal por parte de su ex pareja, la policía descubre en un prostíbulo a varias decenas de mujeres que malviven como esclavas sexuales, una adolescente padece el acoso de las miradas masculinas en la calle o en el trabajo por llevar una determinada prenda de ropa. En todos los casos, se repite un mismo patrón: el género del victimario es siempre masculino y el género de la víctima es siempre femenino.

Surgen preguntas, hay necesidad de establecer responsabilidades, queremos castigar a los culpables. ¿Cómo lo hacemos?

La culpa de la violencia es de todos los hombres

En los muros de Facebook o a través de cadenas de whatsapp, he visto como se viene alimentando de manera pueril, y a partir de simplificaciones, la idea de que todos los hombres  -por el simple hecho de ser hombres- somos potenciales violadores, abusadores, acosadores o asesinos de mujeres. En otro mensaje, que circuló bastante por la web, se instaba a que todos los hombres manifestáramos nuestra vergüenza de ser hombres a raíz de la violación que un grupo había cometido durante las fiestas en Pamplona de los Sanfermines.

Una buena amiga, a propósito de la campaña que se lanzó en apoyo de la víctima de dicha violación, #yotecreo,se preguntaba, hace unas semanas en un post: “¿por qué los hombres no espabilan y viralizan un #losiento, un #somosunosmierdas?…¿Por qué no os da la gana daros cuenta de que prácticamente cada pequeño detalle de vuestra cultura, de vuestra cotidianidad, está impregnado de basura patriarcal?…¿Por qué no os sentís interpelados, no digamos ya responsables? ¿Por qué tenemos que educaros y hacer pedagogía constante cuando tenemos cosas mucho mejores que hacer? ¿Por qué somos nosotras las exageradas, las agresivas, las radicales, las que odiamos a los hombres? ¿Cómo tenéis la cara de no odiaros vosotros también?”

Ante un planteamiento semejante, yo sólo puedo responder por mí y no en representación del resto de los hombres.

Yo estoy aquí, sé más o menos bien quien soy, qué pienso del patriarcado y de la explotación capitalista, qué hago y qué no, cómo trato a mi hija, a mi mujer, a mi madre, a mis amigas, a mis vecinas, a las mujeres con las que me relaciono o con las que me cruzo por la vida. ¿Creo yo que la sociedad le debe una explicación a las mujeres que han sido víctimas de la violencia machista? Sí, lo creo. ¿Tiene este país alguna deuda histórica a causa de la ingente cantidad de malos tratos que las mujeres han recibido y reciben? Sí, lo tiene. Pero, ¿me siento culpable o responsable como hombre de las violencias que se ejercen contra las mujeres? No, en absoluto.

Yo tengo responsabilidad como ciudadano, tengo deberes cívicos, compromisos políticos, luchas invisibles por vivir colectivamente de manera más decente, sin embargo no siento una responsabilidad moral por las circunstancias – como la desigualdad entre mujeres y hombres o la erradicación de los abusos machistas de poder- que intento mejorar en el día a día.

No soy parte de ningún ente colectivo que se llame Hombres Patriarcales y Opresores o Machos como los de antes. Y es por eso que no quiero que me pongan en el mismo saco con otros hombres -retrógrados, cavernícolas, violentos- simplemente porque comparta con ellos el tener un pene y dos testículos.

Si bien como colectivo a los hombres nos vendría muy bien derrumbar un modelo masculino coital, falocéntrico y eyaculatorio, eso no significa que nuestra sexualidad sea sinónimo de agresividad, salvajismo o monstruosidad.

El arma, obviamente, no está entre nuestras piernas como así tampoco la violencia anida en nuestro ADN. Se trata más bien de una cultura en la que nos hemos desarrollado a partir del fomento de la banalidad, la ausencia de búsqueda del sentido y el empobrecimiento del erotismo.

Vivimos en un medio en el que todo parece orquestado para que no nos detengamos en nada ni nos comprometamos con nadie. Aturdidos con tanto ruido mediático y arrastrados por la corriente comunicacional instantánea, no estamos pudiendo comunicarnos bien ni encontrarnos en un frente común con las mujeres. Necesitamos, sin dudas, de ellas para el desarrollo de nuestras potencialidades.

Convendría no perder de vista que también los hombres pueden llegar a desarrollar una sexualidad madura, enriquecida, amorosa y todo ello sin renunciar a ser hombres o sentirse avergonzados de serlo.

Publicado originalmente el 13/12/2017 en http://www.psiquentelequia.com/hombres-el-arma-entre-las-piernas/